Por Agustín Conrado



El estudiante de Gotinga (Nudista, 2024) es la tercera novela que se ha publicado de uno de los proyectos ontológicamente más jugados de la literatura argentina del 21. Agustín Conde De Boeck conoce las secretas eficacias para desplegarse en los mundos diversos y dispersos del pensamiento, la crítica y la ficción, con los antiguos sellos del unus mundus que le dan una fina coherencia epistemo-cosmológica a cada una de sus publicaciones.

No es un autor de libros, sino más bien de una obra con O mayúscula y obsesiva y debemos tener esto en cuenta para rearticular nuestra concepción de libro no como un ejercicio de singularidad sino como flujo de pensamiento que el artificio de tapa y contratapa transforma en analogía de pestañear. Avancemos entonces en la noticia que llega con este libro y su propuesta de madurar hacia la infancia atávica del alma.


“los fantasmas del más allá, presos de horribles obsesiones, viven en el plano de una intensa liberación de signos. En la vida superior y prescrita que viven la materia es revelación” El estudiante de Gotinga, pág. 138


Desde el título del libro podemos intuir que el topos se presentificará como agencia a la manera en que cartografiar sus recónditos (como en Viaje al centro de la Tierra) será ya devenir en paisaje mental. Conde De Boeck escribe y se autopercibe como un retaguardista cuyo destilado esencial es: hay un lugar y en ese lugar pasan cosas. La Gotinga de la novela no es Gotinga, el enrarecido siglo XVIII no es el siglo XVIII, pero ahí pasan cosas.


“Uno penetra así, balancéandose de terror, no en lo que una ciudad es, sino en lo que una ciudad hace. …Ahora en su incesante actividad, su naturaleza, ¿me atreveré a decir ondulatoria? Una rara idea se impone: es todo teatro. Peor aún (o mejor): es todo teatrito. En el diminutivo se oculta el eje mecánico de la insidia” El estudiante de Gotinga, pág. 47


El estudiante de medicina al que le seguiremos el rastro agónico hacia la cándida sabiduría de las horas azules, así como la extensa panoplia de menesterosos que figura en el relato se comporta con una extraña familiaridad. Decir que uno puede sentir identificación con los personajes o que ha llegado a reconocerlos es en principio desconcertante. El científico-médico-brujo-revirado, las mujeres feas y homunculares, los delirantes beodos medievalistas y los metafísicos del siete y medio son leídos como reencuentro del teatrito mental más íntimo que tenemos. Las escenas ya habitaban nuestro paisaje numénico, donde los personajes semejan condensaciones oníricas (Conde De Boeck, 2024, pag. 173).

Siendo una novela discipular, se disuelve intermitentemente en un sinnúmero de relatos autónomos que exigen del lector una entrega sacrificial que nos transforma igualmente en agonistas. El revoleo hiperbólico de teorías grimoriales que pesan en sus casi quinientas páginas tiende a comportarse como catedral levantada sobre la materia prima de la ruina primordial.

La libertad compositiva, delirante y kratorial de Conde De Boeck no riñe con la finísima coherencia de este cosmos raro. Suerte de compendio de sabidurías intuidas, todo lo que leemos en este libro es tan necesario como inútil. Ante el mal gusto cultural del llanto mendicante para las falsas novedades y las pedagogías de víctima, se nos dice en El Estudiante de Gotinga


“Alguien dirá: bueno, a ver, pero esto ya ha sido dicho tropecientas veces, y mucho mejor dicho y por gente mucho más apta” ¿Y qué? Yo no vine a decir novedades. La verdad no puede ser nueva cada vez que se pronuncie. ¿Qué se creyeron ustedes, que son mis clientes y yo un mercader de entretenimiento? ¿creen que les debo alguna innovación? Es lo que hay. Y a veces no hay nada que inventar y sólo queda repetir, de forma cada vez menos llamativa, las cosas en su colmilluda numinosidad. Y si no las digo con tanta belleza como lo han hecho otros, es porque estoy muy ocupado intentando no deprimirme. Soy muy sensible. Casi una tímida doncella” El estudiante de Gotinga, pág. 362


Esta novela se desmarca del imperativo pedagógico-terapéutico del mercado editorial. No responde al amontonamiento de novelas (y canciones y películas y partidos políticos) que infantiliza al sujeto para consolarlo del Gran Desasosiego del Mundo. Al contrario, leer este libro nos hace más fuertes porque nos madura hacia la noche del alma. Por eso no hay concesiones. Desarmar el modo de lectura acostumbrado a un régimen de representación post implica que las resistencias lógicas pataleen indignadas:


“qué palabras raras que usa”“¿por qué escribe tan difícil si se toma todo para la chacota?”“¡cuánta obsesión por la orgía semiótica, mi Dios!”“A este cargoso no pareciera importarle el golpe de efecto: sus oraciones de hasta seis renglones cada una lo certifica”“¿por qué tanto solaz en la miseria de sus personajes?”“¿de dónde viene esa risa extrañísima que nos recuerda a Dios cuando tira un bebé por la ventana?”


Ocurre que la menestralía boeckiana es legataria de la prepotencia ontológica de Alberto Laiseca, bestia tutelar de su obra. Cito un fragmento de otra novela suya, La Danza de los Juguetes Rotos (Nudista, 2023), ya que se dijo que su obra, con la O, es summa y continuum:


“Hay que ser tortuoso, vueltero, antes de llegar a lo que uno quiere: de lo contrario no hay sacrificio mágico, no hay equilibrio de fuerzas y nada funciona. Exhumar y abrir un ataúd de frente, el método obvio, es impío. Hay que dar vueltas aparentemente innecesarias. La ley de intercambio de fuerzas exige que las cosas fáciles se hagan de manera difícil, porque los manes que propician o niegan la fortuna perciben el esfuerzo gratuito como una ofrenda. Entonces, para exhumar un cajón, hay que llegar por la vía inesperada: por abajo. Y cavar un túnel desde afuera del cementerio…cavar no con una pala, sino con una cuchara; atravesar el túnel en estado de desnudez, gatear por su interior marcha atrás. No facilitarse nada. Que cuando los dioses se asomen colmilludos y orientales sobre sus nubarrones y miren nuestro abatimiento y las cuitas que pasamos por obtener algo, digan: se recontra mega notó el esfuerzo”. Danza de los Juguetes Rotos, pág. 114/115


La estética boeckiana exige mucho y por eso da. Tiene algo de ritmo ergótico en su lectura que solo se deja leer de corrido cuando ya se operó cortocircuito en el normal desenvolvimiento sináptico. Hay que cultivar el músculo voluntarioso de los imaginales. Por eso hay malestar e incomodidad. Tratar de leer esta novela correctamente sería el error primero, en su mal leer se encuentra el hilo de plata. Esta soguita que sostiene el tinglado (alrededor de nuestro cuello) es la risa y el horror.


“Soy un pobrecito. Míreme, ando ataviado con pedazos de ropa. Camino contra la pared para que no se me vea el culo que llevo al aire y desgaire porque ya no me queda tela para cubrirlo. Ni el pudor me queda. Lo que sí tengo es a Barreguina, mi sobrina. Sigo rimando, no puedo para. Es una dulzura de hembra. Mírela, ahí está a unos metros, bajo ese farol. Ni se va a dar cuenta usted de que no es estrictamente hablando una mujer. Es oveja, se lo confieso desde el vamos, pero es limpia, muy limpia” El estudiante de Gotinga, pág. 95


La cópula de la risa y la abyección son las vías regias para el acceso a la iluminación endógena y autoevidente. Cuando la Literatura se libra del yugo al régimen de la esterilidad ontológica y recupera su potestad como gran prueba para el engrosamiento espiritual se abre en el cerebro la rajadura por la cual emerge el aluvión espectrológico. Todo se hace vértigo y vestigio vesánico. La literatura cura y enferma, sé que ha dicho Pablo Farrés.


“somos los símbolos creados por un demiurgo que busca sanar su demencia a través de lo que puede aprender de su creación improvisada, que somos nosotros” El estudiante de Gotinga, pág. 234


Cura al Ser cuando enferma al Yo. Esta es la ordalía que debe leerse en El Estudiante de Gotinga y en la obra boeckiana in toto: embadurnado de catábasis ultra (morir ahogado en un charco de barro por el haber nacido feo) para transformarse en Aristocroto del Siete y Medio. Valga decir, uruguayizarse, pero a la alemana.


“con aplicación y maldad, los propios demiurgos han fabricado un proscenio donde hasta ellos mismos son muñecos, y muñequería es la ciencia que no sólo crea cerebros y homúnculos, sino también, y muy especialmente, dioses. Y en una cadena infinita de demiurgias segundas y ontologías subarrendadas, no hay ojo que sea capaz de divisar, ni siquiera al fondo, a un solo ente que no tenga bien abrocados en sus extremidades los hilos que conducen hacia otro marionetista. Y cuando digo hilo, me estoy expresando más allá de toda metáfora: son hilos físicos, invisibles y sutiles, pero muy observables, o al menos muy inferibles como cosas-en-sí. Las teorías del futuro demostrarán muy paulatinamente que esos hilos o cuerdas son la estofa de la materia y que su naturaleza une a la criatura móvil con el demiurgo menor que la dirige, criatura ésta, a su vez, también dirigida por cuerdas que conducen hacia otra mano. Y todo, plano tras plano de realidad, se anonada en esta pantomima” El estudiante de Gotinga, pág. 362


Ojo que en la médula de la cuestión hay muchísimo amor. No solo en el ejercicio de la demiurgia segunda en la cual hay el mucho querer a los pobrecitos, incluso cuando son de toda simonía y maleficencia. El estudio que recorre nuestro protagonista es el de la realización máxima del amor, es decir, el estudio del Mal. Este es uno de los fundamentos de la superioridad de la Literatura y Conde De Boeck la expande con la profunda seriedad de un erudito de colifato. Mientras que la filosofía y la ciencia pretenden la buena adecuación del espíritu a las leyes universales, solo a la literatura le interesa la construcción de pasillos catabáticos a sabiendas que el miserabilismo de sus personajes introyecta en el campo mental del lector las operaciones mercuriales para la purga psíquica. La teleología siempre se encuentra en una declaración de amor y EEDG es pródiga en este sentido:


“creo que lo mejor que podemos hacer, ya que estamos condenados a transfigurarnos en espectros para embrujar las casas, nuestras casas, es envejecer dichosos con una buena señora que sea como nuestra hermana. Una queridísima Señora. Y con ella merodear como fantasmas, juntos para siempre, asustando a los niños gordos y cobardes, aterrando a los usureros que se quedan hasta la madrugada a contar sus monedas de oro en sus cofrecitos codiciosos” El estudiante de Gotinga, pág. 102


El Estudiante de Gotinga funciona como si se tratase de un Circo de la Reina Mishiadura que atraviesa burgos flamencos con su caravana de carromatos atestados de raritos y contrahechos. Cada vez que se asienta en un poblado rapta al “saco de carne que hay en toda familia” a modo de purga psicosocial y se lo lleva consigo para engrosar su cofradía crota de todo horroreír.

Ahora supriman el como si. Déjese atravesar por el amor y el odio maniqueo de sus personajes. El marionetista hiperideario de Conde De Boeck está detrás de todo para enseñarnos por elevación que el barro y la miseria, el amor y el matrimonio místico, la conflagración y la heredad maldita son puro teatrito, sí, pero teatrito sagrado.

Usted saldrá de esta novela embadurnado de palabras raras que remiten a objetos que ya no existen y con sentimientos fósiles que solo han padecido los medievalinos esquizoides de los bosques feéricos. Sálvese.